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Cable y oxígeno

Cuando me dijeron que quizá lo mejor era internarme, mi primera reacción (empapada del recuerdo aterrador de mi otra neumonía, hace tres décadas) fue decir que no. Como aún podía hacerlo, el médico la respetó. Me escribió una receta para tratarme diez días en casa, con la promesa de reportarme a diario. Media hora después bastó que mi madre dijera: “¿Y si te quedas?” para convencerme de que debía recoger mi cepillo de dientes y volver al hospital. Tenía demasiados años de no pasar la noche en uno, y mi comportamiento fue peor que a los doce, cuando mi tercera cirugía de mano: saber más te vuelve más miedoso, y no hay nada que pueda enmascarar el hecho de que el suero y la batita (sí: casi todo se diminutiza en boca de una enfermera) significan que tu vida está en alguna clase de peligro.

Aun considerando el lujo que representa una habitación privada, lo menos que puedes pedir es que algo te entretenga y que al menos una parte del tratamiento sea tan poco intrusiva como se pueda. Lo primero es en verdad difícil: no sólo tuve que recibir el castigo a mi fabulosa terquedad, que me ha hecho negarme a comprar un iPod y por ello logró que en mi horrendo cuarto albiazul no hubiera Händel ni Kurtág, Britten ni Bruckner, Schubert ni Carter, Dylan ni Slayer, Utrera ni Wu-Tang; también la hipocondría confirmada y la comida sin sal ni pimienta me impidieron mostrarle el mejor humor a las visitas y sonreírle como el diablo manda a alguien tan encantador como Salman Rushdie. Lo único que salvó a mi síndrome de déficit de atención fue el cable. Aunque está demostrado que más canales significan más mierda, también es cierto que la variedad no sólo me permitió descubrir que el canal 11 pasa en la mañana un programa que se atreve a competir con el de la señora Zárate por el título del peor comentario gastronómico del México independiente, sino chutarme tres episodios de Jamie Oliver, cuatro veces cada uno, en una semana, y también ver Mythbusters a lo bestia, explorar Bandamax hasta conocerlo mejor que mis amigos ensayistas y editores (¿sabían que el lunes pasan Sergio te las pone, y el miércoles Sergio te las vuelve a poner?) y comprobar que el History Channel ya se cansó de la historia y prefiere a la (tristemente) ficticia Atlántida y al (tristemente) real Dan Brown. Es como si el descenso en la calidad de una vida que ahora sí entiendes precaria te obligara a paladear sus detalles bajos y medianos hasta que confieses que te gustan más que Verdi o que Fellini.

En cuanto a la discreción de la cura, realmente se atesora entre antibióticos que masacran tu flora, venoclisis que no entran en tus venas delgadas y tortuosas (y que terminan por infiltrarte el suero y dejarte dos días con mano de beisbolista novato), sábanas que te marcan las piernas como chinches de hotel de mal paso, nebulizaciones con olor a algodón de azúcar asoleado. En mi condición delicada, pero de ninguna manera merecedora de terapia intensiva, lo mejor fue el oxígeno: no se aplicaba con sonda ni con tubos largos como tenias, sino con dos inofensivas puntas cortadas en un solo tubito de plástico, a la medida de cualquier fosa nasal. No importa si la dosis constante me ayudó a ventilar o si propinó un mero efecto de placebo: por primera vez entendí que aquella imbécil leyenda urbana que circulaba en el extranjero sobre los sitios en la ciudad de México donde te podían vender unas bocanadas de oxígeno tenía algo de verosímil. Cuando lo empiecen a vender embotellado como el agua, me va a preocupar de verdad que mi pago por hacer libros o revistas me alcance para el que será mi nuevo vicio.

Al sexto día, con peor humor que nunca, fastidiando como sólo yo sé hacerlo a mi madre, a mi hermano y a la Wera, volví a casa. Le eché un último vistazo al hospital: privado pero no abusivo, modesto incluso, con grandes médicos (militares) y finalmente poco vistoso dado que, como todo nosocomio, ofrece salud a madrazos sin poderla garantizar del todo. Pero debería poder anunciar que ofrece cable y oxígeno como los hoteles presumen devedé y jacuzzi: como una señal del compromiso que sostienen ante tu distracción y tu calma. Tras una promesa de ese tamaño, hasta les perdonarías referirse a ti como “el pacientito”.

La soledad y el duelo

In memoriam L.

El luto es el rostro público del duelo, la externalización ritual, a menudo dramática y espectacular, de un proceso por lo demás interno. Es una señal de diferencia: el negro de mi ropa me hace distinto de ti, te avisa de mi tragedia y busca obligarte moralmente a mostrarme deferencia. Es un signo de respeto a los finados, pero también una manera de exigirte que muestres compasión y entiendas que mi encuentro cercano con lo efímero me vuelve distinto y me separa de ti: los dolientes no vivimos en el mismo mundo que tú, que no comprendes lo que estamos pasando (y no deberías siquiera intentarlo).

Cuando te toca participar en un ritual funerario ajeno, o con el que te conectas apenas tangencialmente, la impresión es la de armarte de un luto que no te toca: los rituales parecen de plástico, falsos, meras concesiones a una religión en la que ya nadie cree, por favor, no se hagan pendejos, y el purismo con el que despliegan una catarsis que a todas luces te parece teatral y estudiada no hace más que confirmar la primera sospecha: que la muerte ajena ocurre tan fuera de ti que no dice nada, y que los ritos están hechos para celebrar que no te tocó, que sigues vivo, que mañana vas a firmar la nómina, a pelearte con tu jefe, a comer mucha carne y poca ensalada, a beber de más, a coger y a dormir como si nada hubiera pasado, precisamente porque no pasó nada.

Pero no es tan fácil. Acabo de transitar por dos ritos funerarios: uno que me afectó directamente por ser de la familia más cercana y por despertar recuerdos a borbotones, recuerdos agradables y no, pacíficos e incómodos, de armonía no añorada y de discordia demasiado reciente; y otro más que sólo viví de oídas, pero que claramente afectó a uno de mis cuatro seres más queridos de maneras que temo pero que aún no alcanzo a vislumbrar. Y tuvo que pasar esto para tenerlo claro: el rito personal, el inmediato, del que participas con todo, al que no puedes escapar, es lo contrario al luto: no una señal de diferencia, sino de comunidad. Si el luto crea elites, el ritual es ecuménico como dicta la teoría que deberían ser las misas, y como nunca han sido en mi experiencia de intruso: invitación abierta, pasión comunitaria que alcanza, aunque sea por dos instantes, a no llevar el duelo en soledad, a tender simbólicamente la mano y dar sentido a una vida que, contra nuestros designios, aspiraciones y apuestas más desmedidos, está inexorablemente, día a día, hora a hora, signada por la muerte.

Me llamo Pablo Martínez Lozada. Soy editor y, en ocasiones, también traductor, crítico (más musical que literario) y hasta ensayista.

Durante años odié los blogues. Varias personas que me conocen se burlarán de que ahora escriba uno, pues se trata de un medio del que, por decir lo menos, he desconfiado, y al que he llegado a vilipendiar, por escrito y en persona, aunque quizá agrupándolo injustamente con el insufrible wiki, los enternecedores “foros de discusión en línea” y las redes sociales. Sí, ya sé, me van a reclamar que todos los días me subo al Féisbuc. En fin.

Hasta hace un tiempo no concebía comulgar de la escritura bloguera más que en plan satírico, paródico y simplón. Mi argumento tenía que ver con el orgullo profesional: el blog puede ser el punto máximo de la escritura dominguera y la autoedición santodominguera, nada más que en plan mucho más barato: a la reivindicación de la expresión pura suelen seguirle frases como “Al fin que los editores ni sirven para nada” (como dijo el nunca bien ponderado Robin, delicado y sensible como siempre, en una reunión llena de editores) o declaraciones ingenuotas e indefendibles como “Claro que he publicado: llevo tres años con mi blog”. Además, ante los que soltaban enunciados como “La escritura eres tú y tú serás el blog and you become the blog, moderfóquer”, no quedaba más que recordar que no es lo mismo Bob Dylan que Nicho Hinojosa: ni tienes tanto derecho a defender una escritura descarnada y autorreferencial si no posees el talento de una Cristina Rivera Garza, ni me resignaré a colgarte el gafete de bloguero “serio” si no te llamas, por ejemplo, Andrew Sullivan, y tratas temas de verdad serios. Y a Sullivan le interesan los contenidos más que la escritura, y además le pagan por postear: por eso le va tan bien.

Como preguntó el poeta místico: “¿Para qué quiero evidencias, si no tengo dudas?” Mis convicciones se conservaron imbatibles hasta que uno de mis lóbulos temporales me propinó una de esas noticias tan comunes en el medio editorial, noticia que, por supuesto, tardé en valorar justamente. Al menos no lo hice cuando la epifanía me cayó encima como lugar común, a mitad de una reunión en la que se hablaba de presupuestos: había conocido al Joven Escritor cuando éramos niños.

Su hipocorístico usual me había distraído, sí, pero la burocracia implacable del Excel me dictó su nombre con dos apellidos. Todas las piezas cayeron en su lugar: la diminuta escuela donde cursé la primaria había albergado a varios hijos de exiliados de la dictadura argentina (hecho que no entendí hasta que entré en la facultad, ni hablar; antes habían sido para mí sólo niños argentinos), él es hijo de un escritor, bla, bla, bla. Lo más incómodo, pero perfectamente normal en nuestro gremio, fue saber que Pável, Nadia y la Wera lo habían conocido antes de que yo me percatara de su sitio en mi pasado.

Tras la epifanía pude resumir lo que hasta entonces recordaba del Joven:

  • Lo inscribieron en la escuela uno o dos años antes de que yo la abandonara: convivimos, pues, poco, pero cuando casi entraba yo en la mágica pubertad.
  • Habíamos intercambiado libros. Básicamente volúmenes de Lucky Luke, pero también sé que él me prestó un Huck Finn (¿se lo devolví?), y no descarto que hubiera también algún flujo de Astérix y hasta de Iznogud.
  • Cantábamos juntos (¡en sexto de primaria!) “Doce rosas”, éxito tardío de Lorenzo Antonio.
  • Él cantaba sin mi ayuda “Las manos quietas”, de Carlos Pérez, que yo atribuía erróneamente a Pedro (entonces, inexplicablemente, aún Pedrito) Fernández, seguramente porque en esa época ya espetaba éste su versión de “Careless Whisper” rodeado de nalgonas.
  • Creo que se besuqueó con una de las preadolescentes más inquietantes del grupo.
  • En una incómoda reunión durante el primero o segundo año de secundaria, en medio de mi azoro por ver cuán pronto había olvidado cómo eran mis antiguos compañeros (ya había yo migrado a una deprimente escuela de Mixcoac), me albureó cuatro veces (yo entonces era mucho más inseguro que ahora, así que opté por sonreír nerviosamente y callar, en lugar de revirársela y agregar a mi respuesta una coma y la palabra culero).

Pero ahora resulta que sabía, además, en dónde había publicado, qué había escrito en calidad de negro literario y qué día de la semana veía a su hijo. Sabía que a veces llegaba tarde a las citas, que consideraba a Pável un tipo genial y que la Wera le había encargado un trabajo que encaró con denuedo.

Lo peor es que meses antes me había tragado en el Féisbuc un embate de ex compañeros de la primaria, que me propinó varios contactos apenas mantenidos, y del que el Joven Escritor estuvo ausente. Ahora también él es mi “amigo” en FB, pero no se ha asociado a ese grupo de recuerdos ambivalentes regenerados que incluye hoy día notas tan disímbolas como la generosa oferta de contactos profesionales por parte de Isaac (cuyo hermano trabaja para la competencia, no sé en calidad de qué), la apacible hermosura de Lorena y el irreconocible candor fiestero de Irlanda. Lo social de las redes sociales es inaudito: frío y superficial, salvo para quien pone el esfuerzo de horas y arriesga su empleo en aras de impulsar su causa política y social, o llegar al límite de amigos falsos que alimenten su narcisismo con miel y chocolate, o contactar, de veras, en serio, a quienes tomaron hace años, y con toda firmeza, la decisión de no continuar viéndonos.

Tras la monumental anagnórisis pude hablar con él por teléfono y constatar, por su (¿falsa?) sorpresa, que él también se había dado cuenta: me había reconocido a pesar de los lentes, las barbas y la panza, o había hilado mi nombre con mis apellidos, qué se yo. Era claro, por las razones enunciadas en el párrafo anterior, que el reencuentro no lo llenaba de emoción. Y no podía yo quejarme al respecto, pues mi sentir era igual: si nosotros-los-de-entonces ya no somos los mismos, ni Lorenzo Antonio serviría para reconectarnos. Si la relación profesional nos llevaba a ello, cuánto mejor; de lo contrario, no pasaba nada. No obstante, la relación de trabajo y del FB se veía complicada, empañada incluso, por el recuerdo de infancia: creemos que las relaciones por hipertextos son limpias, hasta que la vida nos recuerda más de lo que tenemos agendado.

Esto parió otra consideración más incómoda: no había manera de dar al hecho su verdadera dimensión más que abstrayendo sobre él y vomitándolo en un blog. Sí, intenté contárselo a la Wera (que tantas cosas como ésta me aguanta), a la Novelista Editora, al Gran Editor Comercial, a Mi Jefa, a la Asistente Editorial y Administrativa, al Diseñador Insolente, pero nunca bastó: era imposible comunicar el tamaño del shock a personas que no hallarían en ello más que una anecdotilla insulsa. No, no había tampoco material para un ensayo. Ni modo: el único medio viable sería uno que combinara lo efímero, frívolo y francamente vacuo con la posibilidad de hablar ininterrumpidamente sobre una obsesión que quizá morirá pronto, pero que ahora te quita el sueño.

Entonces me di cuenta: un blog es precisamente eso. Un espacio narcisista y purgatorio (en todos los sentidos de la palabra). Un algodón de azúcar ofrecido a una legión de desnutridos. Una audición de dos minutos en La Hora del Aficionado. Un asomo a lo que puede ser simultáneamente una pérdida de tiempo y una probadita de lo profundo.

Hace un par de años declaré que, si alguna vez montara un téibol dans, lo llamaría “Las Probaditas”: además de conllevar una gran facilidad mercadológica (permite robarse casi cualquier eslogan: “A que no puedes comer sólo una… en Las Probaditas”; “Entre el zapato y el pantalón… Las Probaditas”), el nombre aludiría a la tensión no resuelta, a lo molesto, a lo soberbio de quien ofrece poco y da menos, porque a los hombres les encanta la frustración. Pero si es el nombre perfecto para un téibol, también lo es para un blog: ¿frustración? ¿Soberbia? ¿Tensión? ¿Molestia? ¡Todos contentos! Y con este nombre, pues, ingreso en la blogósfera. Culpen al Joven Escritor.

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